viernes, 7 de septiembre de 2012

Un oasis en el desierto

Apareció como un oasis. En medio del desierto de la ridiculez, la desvergüenza y el hastío. Acostumbrados a los soniquetes cansinos y aborrecibles de musicuchos roñosos, de cantinelas ridículas vendiendo miseria, de miradas perdidas en la adicción y la muerte en vida. Acostumbrados a todo eso, su melodía vino de otro mundo. Estoy seguro de que así lo sintieron también los dos vagones del metro a diestra y siniestra. Su manejo del violín era sensibilidad llevada al extremo. Aquel chico flaco, con su camisa blanca y sus zapatillas azules apareció como ese oasis. Jamás vi algo semejante. La gente o los zombis disfrazados de humanos que viajamos en metro reaccionamos. Teníamos ante nosotros un sonido, una emoción desconocida. Desde la corta lejanía de los vagones aledaños, algunos buscaban ese sonido, incrédulos. ¿Quién ha resucitado a Vivaldi? El chico del violín tocaba con una sensibilidad contagiosa. Un hombre de mediana edad derramaba lágrimas emocionado. Yo tuve los pelos como escarpias desde el primer segundo y sostengo el recuerdo hasta este mismo momento. Sin el afán de ganarse más monedas que nadie, el joven tocaba sus piezas enteras. Parecía no importarle lo más mínimo que muchas personas que lo habían escuchado se bajaran. Jamás había visto nada, nadie igual. Algunos sentían el compromiso de aportar algunas monedas aunque su trayecto ya finalizara y él no hubiera terminado. Venían desde otros vagones a agradecérselo fríamente, como solo un pago con dinero puede serlo. No obstante, no dejaba de ser significativo. Mucha gente le daba algo suelto, y él apenas respondía, absorto en su pieza, como si el resto le importara más bien poco. Apareció como un oasis. Sería capaz de hacer florecer el desierto.

martes, 21 de agosto de 2012

Adiós veintidós

Seguramente pueda considerarse una manía la costumbre de hacer balance un día al año. Pero mentiría si dijera que mi balance se reduce al que hago especialmente cuando el paso del tiempo llama a la puerta y me pregunta acusadoramente en qué he utilizado los últimos trescientos sesenta y cinco días del año. Los veintidós años han dado para mucho y han pasado supersónicamente. En definitiva siempre es lo mismo: mi cabeza con vocación de fiscal denuncia a mis acciones que acuden a su juicio pasotas y, además, bostezan irreverentes como si la cosa no fuera con ellas. Mientras que mi conciencia que actúa como juez empieza a odiarla y piensa en una condena firme aunque mis excusas como abogado de oficio siempre tienen argumentos para rebajarla. No sería justo conmigo mismo si mirara el paso del tiempo acordándome sólo de mis errores. Pero empecé con mal pie y acabo sobreponiéndome a otro tropiezo. Pero como no sería justo, cabe destacar lo positivo, y esto es lo que he aprendido. Parece que he estado de prácticas en el mundo hasta ahora, y que por fin, la etapa que empieza desde ya será definitiva y reveladora. En este año debo demostrarme a mí mismo si soy capaz de cumplir con lo que quiero ser. Si soy capaz de abandonar a mis fracasos y dejar de mirarlos y compadecerlos por el retrovisor, como si sintiera nostalgia por aquellas equivocaciones. La estabilidad y la constancia tienen que marcar el camino desde ya. Dejé Segovia, y alguna cosa importante parece que se me quedó por allí, como un trocito de alma que aquí en Barcelona todavía echo de menos, pero creo que solamente es el recuerdo. Aquellos golpes que recibí justo antes de marchar siguen rebotando en mi conciencia. La conversación en medio de aquel paisaje con alguien que me apreciaba de verdad revolucionó mi conciencia y me movió a actuar. Y en esas estamos, emprendiendo una dura lucha contra los mismos deseos egoístas tras los que todo el mundo va, recordándome una y otra vez, una máxima: no ser como todos. Eso sí, qué año tan cargado de proyectos nuevos ha sido éste. No puedo menos que sentir alegría porque todo cuanto me he propuesto a nivel de formación y en el plano profesional, ha alcanzado y superado mis expectativas. Todo el conjunto de experiencias y relaciones personales de las que me quedo con lo mejor de cada persona me han hecho crecer muchos centímetros simbólicos mi estatura como persona. Sin embargo, también he aprendido que quiero ser dueño de mi tiempo, y que invertir más horas de las necesarias en un sistema que se va a pique no sería nada sabio. Cultivar la espiritualidad es una lucha tremenda cuando la carne sólo mira por sus deseos. Suerte que la conciencia sigue viva y cada vez más educada. Aquí, me he encontrado con personas magníficas, de una calidad humana emocionante. Ellos saben quiénes son. Estáis transformando mi vida, llenándola de alegría, de miradas positivas, de ánimo y confianza en mí. Gracias por todo esto. Este año he descubierto que mi mejor amigo no lo es. Este año he descubierto que es mi hermano, un hermano nacido para cuando hay angustia, un hermano que acompaña en todo tiempo, mi mayor bendición. Volvería a nacer simplemente porque sé que vale la pena vivir por sentir el gozo de disfrutar de una amistad así. Hay una persona en especie de extinción, que antepone amistad a todo lo demás. Esa persona que está leyendo esto, que me quiere y que espera, que ríe y llora conmigo es lo mejor que me ha pasado hace mucho tiempo. Intentaré no defraudarte por todos los medios, porque te lo mereces, porque sin ti esto no sabría a nada. Obliguémonos a mirar el presente, siendo conscientes de que los cimientos que pongamos ahora afirmarán nuestro futuro o lo harán tambalear. Mirémonos con calma, con un muro de distancia obligada, que no separa ni divide lo mucho que nos queremos. Cada día lo tengo más claro, esta nota es para mis padres: “Por favor, no me faltéis nunca, hoy tengo la certeza de que mis mejores amigos sois vosotros“. La muerte, esa que se presenta sin que nadie la invite, pudo finalmente con un luchador tenaz y valeroso, con una persona que dio ejemplo de dignidad y que supo encontrar y transmitir cosas positivas hasta cuando parecía imposible y el desánimo quería anegarnos por completo. A ese hombre luchador que murió fiel a su fe y cuya memoria nos servirá como estímulo y motor de motivación a todos lo que como él, queremos seguir tras el camino que conduce a la vida, le doy las gracias. Roberto, tu recuerdo es una llama para seguir adelante con más fuerza que nunca. Hay otras personas que se van yendo, por motivos diferentes. El trato se va enfriando y apenas nos vemos. Me acuerdo de muchos de ellos y seguramente no tanto vosotros de mí. Pero espero que la vida os dé lo mejor que tenga preparado, aunque tengamos que separarnos porque nuestros caminos ya no son compatibles. Por último quiero dar gracias a las pequeñas cosas que dan color a la vida. Al octavo arte que para mí es el vino, una pasión que es capaz de cautivarme cuando pensaba que nada me podía envolver del todo. A las canciones que me han acompañado y a Vetusta Morla por ese plus de sentimiento y arte en cada una de ellas que las hace más grandes que al resto. A las películas que me han emocionado durante estos veintidós. A los que sienten y saben transmitirlo sin caer en la misma vanidad y simplicidad que no construyen meros pasatiempos sino emociones, historias y recuerdos. Trescientos sesenta y cinco agradecimientos y recuerdos para los que llenáis mi vida, pero el más importante es para Jehová Dios, por su amor y su perdón, por la fortaleza que me transmite y por su palabra que me guía y le da sentido a seguir en este mundo, sabiendo que el fin está cerca.

viernes, 10 de agosto de 2012

Recuerdos a destiempo

Recuerdo cuando decidí estar unos días completamente solo. El propósito era escribir un relato corto y que nada ni nadie pudiera distraerme. Casi me vuelvo loco. Esa firme decisión de buscar aquel rincón encantador de la Costa Brava se me atragantó desde el segundo día. Es curioso que ahora, después de unos años ya, me dé por pensar en eso. Lo cierto es que al poco de llegar ya estaba llamando por teléfono para entablar conversaciones largas. Ya me pasaba gran parte del día conectado, con una dependencia hacia el ordenador que nunca reconoceré públicamente, pero que ha sido hasta la fecha una sutil adicción que me ha robado infinidad de tiempo. Una inversión totalmente perdida. La certeza es la siguiente: no me llevo bien conmigo mismo. Nunca he sido capaz de mirarme a los ojos fijamente. No tengo el carácter, la firmeza, la constancia. Si bien ahora tengo claro hacia dónde quiero guiar mi vida, sabiéndome incapaz de guiarla yo mismo, esa inconstancia, esos momentos en los que abstraigo y separo garrafalmente acción de consecuencia, todavía me hacen tropezar, caer de boca, comer el polvo. Hay que levantarse pero las caídas duras provocan cicatrices y la ansiedad me come como nunca. Sólo hay un bálsamo que me cura, un camino que me hace feliz, pero por el que no puedo caminar siendo tan inconstante. Sólo hay una cura para esas heridas y son tu amor y comprensión. Tu mirada brillante que me hace olvidar lo poco que me quiero a veces, sabiendo que tú me quieres por los dos.

jueves, 10 de mayo de 2012

Los tiempos muertos

Lo tenía completamente olvidado, de hecho apenas pude sentir nostalgia por haberlos perdido, precisamente por haberlos perdido. Tenía olvidados los tiempo muertos. Esos minutos en los que me da por pensar, en los que necesito expresarme de nuevo para sentir que la única capacidad creativa que poseo sigue viva. Nuestros días están pensados para que no pensemos. Pobres de nosotros si lo hiciéramos más. La infelicidad es una plaga que contagia a todo hijo de vecino y eso que apenas disponemos de tiempo para pararnos a pensar. No quiero imaginarme pues, una vida sin televisión, sin fútbol, sin publicidad y sin ídolos de sangre fresca a los que imitar, sin drogas de venta en farmacias, sin alcohol... El drama de la crisis es además, que quienes pierden su empleo disponen de tiempo. Sin tener más de tu media vida ocupada en hacer lo que la obligación dicta ¿qué más nos queda? Vivimos para nosotros mismos. El mundo se mueve por dinero. El dinero acaba con la libertad de cualquiera y ese es el principio y el fin del bucle establecido por este sistema. Lo malo no es no disponer de tiempo. Lo realmente aterrador es que si dispusiéramos libremente de él, no sabríamos cómo emplearlo. Sartre defendía que el hombre no es más que su propio proyecto. Mas, ¿cuáles son nuestros proyectos? Más allá de la filosofía de Sartre, si un hombre no sabe ni por dónde empezar a edificar su propio proyecto y no sabe a dónde se dirige ni por qué, ¿qué es el hombre? Admito que echo de menos los tiempos muertos. Me siento feliz por haber emprendido una lucha con el fin de que mi propio proyecto sí sea edificante, mirando más allá de mi ombligo. No me siento capaz de dirigir mi propio camino. Después de mucho sufrimiento he llegado a la misma conclusión a la que llegó en la antigüedad el profeta Jeremías al admitir: "Bien sé yo, oh Jehová, que al hombre terrestre no le pertenece su camino. No pertenece al hombre que está andando siquiera dirigir su paso". El tiempo, admitiendo que no nos pertenece y conscientes de su fugacidad y caducidad, debería emplearse con mucho conocimiento y reflexión. Sigo apartando mis propios deseos en una terrible y dura lucha interior contra mis malos pensamientos y mi egoísmo, para edificarme y sentirme libre, al margen del tic tac del tiempo y el ruido ensordecedor del ambiente. Libre de mi propio yo, del materialismo, de la inmoralidad, de las drogas y la esclavitud a los malos vicios. Libre de la desorientación permanente, de no saber a dónde dirigirme ni el por qué de mis acciones. Esa libertad que voy ganando me permite mirar a este mundo agonizante sin hacerme daño. Consciente de que los días atroces que vivimos forman parte del cumplimiento de una promesa inmutable que pondrá fin a todos los gobiernos y al ser humano dominado por la maldad que controla, dirige y somete. Esa libertad que aprecio e intento comunicar a otras personas para que ellas también puedan ser libres gracias a Dios y al conocimiento de su Palabra. Ya no me matan los tiempos muertos.

domingo, 25 de marzo de 2012

Te lo debo

Hace tiempo que no te escribo, que no tengo nada que decirte. Ya sabes de mis días girando sobre la misma órbita, de cal y arena, de negro y azul oscuro casi negro y de otros de euforia incontenible. Mas te tengo abandonada porque estoy en tratamiento. También sabes ya de mi enfermedad y tú me has salvado una y otra vez dejando que canalice esa ansiedad sobre ti. Esta vez un poder muy superior me tiene con fuerza, me ha levantada y me centrifuga el alma, arrojando fuera poco a poco el veneno de tantos años disolutos, construyéndome de cero en una férrea lucha diaria que me deja exhausto pero que bien merece la pena.
No puedo mentirte y sabes que esos versos que te escribió Benedetti describen bien una de mis mayores angustias, esa soledad tan desolada... Más que culpar a los demás o compadecerme, tomo conciencia de todo lo que no supe aportarles y vuelvo a tomar conciencia de la lucha de la que te hablaba antes.
No tengo mucho que decirte, te lo dije, pero te lo debo.

domingo, 5 de febrero de 2012

No es nada fácil

No sé si será este frío, si será esta soledad, pero no es nada fácil. No me acostumbro a que me despierte el ruido por las mañanas, a que el perro me ladre cada día, a tener la nevera medio vacía. A estas diez horas de trabajo que a lo largo de mi vida serán millones. No es esta la vida, esto no es vida. Qué tristeza hablar con hombres mayores que resumen su vida diciendo que trabajaron durante cuarenta años en esto y lo otro, que se casaron tuvieron hijos y ahora tienen nietos y a los que siento tan solos al fin y al cabo como yo me siento ahora mismo.
No es nada fácil luchar contra mí mismo, contra mis malos deseos. A veces pienso que mi corazón es malo y que no podré alcanzar mis metas. A veces me torturan los días en los que nada sale bien, en los que me levanto cansado y sin alma y con frío. Las sogas de la mediocridad me atenazan mientras yo quiero volar, pero mi mente sueña despierta y los sueños, sueños son. Me tortura una vez más la inconstancia, me río triste de mí mismo cuando aún callo lo que siento por miedo al qué dirán. No soy valiente, ni tenaz. Me deprimo, me come la ansiedad. Mi habitación está sucia y desordenada, anclado a una dejadez que marca todos mis movimientos lentos y torpes. Vivir así es tan poco acogedor que buscar lo bueno es como buscar buenos corazones en esta sociedad. Me escondo de la gente y me revuelco en mi propio aislamiento. Y a veces me odio, a veces me quiero, a veces me siento satisfecho de mí mismo, a veces me vuelvo a odiar.
No es nada fácil.
Acabo de recibir un mensaje de Jairo justo en el momento en el que más lo necesito. Solo por tener un amigo así merece la pena el resto. Solo por eso merece seguir buscando, seguir luchando, seguir aguantando.
Pero no es nada fácil.

domingo, 22 de enero de 2012

Cada día más cerca

Estos días pensando, recordaba más el último día que te vi que el día en que te fuiste de repente. Son ya diez años sin ti. El día en el que murió mi infancia y se desencadenó una adolescencia explosiva, inmadura e irreflexiva como casi todas. Probablemente no te hubiera enorgullecido cómo he vivido estos años hasta convertirme en un adulto, pero quién sabe si no hubieran sido diferentes si me hubieras acompañado unos cuantos años más. Te he necesitado tantas veces durante estos días años. Tantos miles de días no borran el dolor ni evitan que mis ojos se llenen de lágrimas al recordarte y al sentir que me sigues haciendo mucha falta.
Estos diez años coinciden con un cambio grande en mi manera de vivir la vida que se me ha dado. Voy a seguir creciendo para que dentro de otros diez pueda decirte que sí, que si me vieras te sentirías orgulloso de mí. Voy a seguir limpiando lo que he manchado durante estos diez años sin ti para alcanzar una meta, la de volverte a ver a sabiendas de que cada día estás más cerca.

lunes, 16 de enero de 2012

Ir a los bares

Confieso que soy muy extraño o no.
Tengo la costumbre de ir a los bares solo. No lo hago como asesino rencoroso de tristezas, ni como alcoholizador de melancolías, con las que haya que ajustar las cuentas. Voy sin ánimo de luto, sin ánimo de sembrar lastre desde hace ya por lo menos un lustro.
Es una costumbre rara como dije, no confesa.
Voy a los bares y observo, escucho, me inspiro, disfruto lentamente de las horas muertas y aprendo a lidiar con mis propias angustias. Como a dos amantes que condenados a muerte se les haya concedido el deseo de poseerse por última vez. Así lento, saboreando como si no tuviera que acabar nunca esa dosis de estudio de la vida.
Antes iba a los bares sin esa intención, debo confesarlo. Me sentía oscuramente solo y me gustaba atontar a la soledad a base de bourbon con hielo. En vista de que la malnacida (o bienvenida según se mire) resistía mis intentos de cargármela, cambié los Jack Daniel's por ginebra. Aunque mucho más de moda, esa forma de ataques etílicos tampoco acabaron con ella.
De hecho, ir a los bares no la ha vencido. Ni ese problema ni ningún otro.
Sanado ya, los bares son un escenario circunstancial al que suelo volver para saber qué dice la calle, para medir la sociedad como quien pone las noticias.
Hoy utilizando esos tiempos de espera he vuelto a caer en la espiral del turismo de bares. Y aquí me encuentro escribiendo en uno del barrio del Borne. No miento si afirmo que es el mejor de todos y no por su oferta o servicio. La razón es que estoy asomado a través de un enorme ventanal, a la vida de la pequeña rambla que va hacia el mercado.
Por primera vez desde que voy a los bares a mirar a la gente, estoy siendo mucho más observado yo que ellos. Los transeúntes pasan y miran curiosos sin disimulo alguno. Me observan mientras escribo. Algunos pasan dos veces. Algunas pasan dos veces. Evito las miradas de las segundas porque buscan demasiado la mía. Pero yo ya estoy en compañía de soledad y solo quiero... jazz.

En memoria de mi adolescencia y de aquellos días en los que mi vida no seguía un rumbo claro.

domingo, 15 de enero de 2012

Secuestro express

Los secuestradores entraron y le pegaron una paliza tremenda al padre, dejándolo inconsciente. Al despertar, magullado, dolorido y ensangrentado enloqueció a pesar de las lesiones al ver que se habían llevado a su hijo. Había un mensaje en el salón. Si en dos horas no ingresaba cien mil euros en la cuenta que dejaron escrita, lo matarían.
Desesperado a sabiendas de que era imposible juntar esa cantidad en tan poco tiempo empezó a dar vueltas por todo el piso mientras se desesperaba y sollozaba angustiado.
Sonó el timbre. Volvió a sonar dos veces más hasta que el padre salió de su shock y por fin abrió la puerta. Era el vecino.
Al ver las evidentes marcas se preocupó y lo primero qué hizo fue preguntar qué había sucedido. Lo cierto es que no habían tenido hasta entonces demasiado trato. Sabía que ese hombre vivía en su bloque pero apenas habían intercambiado un cordial saludo al cruzarse en el portal.
Rápidamente y consciente de la urgencia de la situación el vecino le dio la solución.
Junto con el número de cuenta había un número, así que sin preguntar llamó. El padre del chico secuestrado miraba desorientado, sin saber qué es lo que iba a decir, qué se le podía haber ocurrido a aquel hombre.
Estupefacto escuchó la proposición que hizo a los secuestradores. Dado que era imposible juntar tal cantidad de dinero, ofrecía un cambio. El vecino daría a su hijo como rehén.
Sin opción a que reaccionara en apenas una hora el hijo fue devuelto y sin dudar el vecino dio a cambio al suyo.
Las negociaciones prosiguieron, pero todo se torció.
Horas después, tras una espera agonizante recibieron una breve llamada: habían asesinado al hijo del vecino.
Sin embargo, al enterarse de esto, lejos de sentirse culpable, el padre al que ayudó el vecino dando su hijo a cambio, prosiguió con su vida y apenas llegó a darle el pésame.
Con el tiempo el vecino se quedó solo, sin la compañía de su hijo al que asesinaron sin culpa alguna, y así, necesitado veía como el hombre al que había ayudado sin miramientos vivía indiferente, como si nada hubiera sucedido.

martes, 10 de enero de 2012

El parc de la boixadera

Mai no havia escrit un text en català. Els meus records i la llengua materna parlen un altre idioma, però els meus records d'infantesa conviuen amb l'idioma que parlen els homes de la terra on vaig néixer.
Recordo amb molta estima el parc de la boixadera perquè va ser l'escenari de la meva fantasia, la catifa on jugava i passava matins i tardes, on l'amistat era pura i girava mai millor dit en una pilota i alts boixos que feien sense queixarse de porteries.
Ens imaginàvem un futur com a gran jugadors de futbol i posàvem les mateixes ganes que si ens observessin milers de persones a un estadi, tot i que he de reconéixer que ens entristia una mica que gairebé ningú admirés una bona jugada, un bon gol o una gran parada.
Recordo tanmateix i amb un somriure de nostalgia, el meu avi jugant amb nosaltres i parant-se xuts amb el colze, animant-me i motivant-me seguint el joc dels somnis de nen que allotjava el meu cap amb cura de no trencar-los per fantasiosos que fossin. Posava ordre quan era necessari i m'enorgullia que els meus amics l'admiressin.
Tornava a casa amb les genolleres plenes d'herba i fang i com un advocat, el meu avi m'exculpava davant del fiscal, la mare, emprenyada perquè patia la condemna de rentar els xandalls bruts.
Ara quan passo pel parc, un aire d'abandonament em bufa la cara, com si em culpabilitzés de no tornar en anys després de despullar-me dels anys on jugar era de per si un fi. Quins records...

lunes, 9 de enero de 2012

La serenidad de la muerte

Me separé de los abrazos de consuelo y de las palabras de ánimo de quienes nos acompañaban en ese día triste.
El sol tenue de la mañana me molestaba en los ojos. Aún así aguardé todo el proceso tranquilo de pie, sin apartar la vista.
Cómo subieron el ataúd y lo hicieron rodar hasta el fondo del nicho. Luego lo vistieron de todos los ramos de flores y coronas que entraron. Así me quedé impasible, desde el primer ladrillo que colocaron para cerrarlo, hasta el último.
La serenidad de la muerte aún me asombra. Pero había sido capaz de convertir a mi ser querido ya en recuerdo y el cuerpo que quedaba encerrado no era el de mi abuela, al menos yo no lo sentía así. Había desarrollado una distancia emocional salvadora que apartaba el dolor intenso y lo filtraba, lo tranquilizaba.
Ella seguía viviendo en mi memoria, pero sobretodo en la memoria de aquel que tiene el poder de hacerla vivir de nuevo y seguramente ahí reside mi paz y esperanza.
El dolor de la pérdida de mis abuelos maternos y de mi abuela paterna, el dolor de perder a Dani, vivir el fallecimiento del padre de mi mejor amigo, el de Eleazar, y de otras pérdidas que sientes ahora es suave, soportable.
Porque viven y siguen presentes, no tanto como quisiéramos, pero inmortales en el recuerdo. Esa esperanza que tenemos, la serenidad de la muerte.

jueves, 5 de enero de 2012

Un hombre y un libro

Vi un hombre y un libro. Después de haberlo leído y de seguir su guía, ese hombre fue libre. La verdad del libro lo hizo libre. Descubrió de dónde venimos, porqué sufrimos y morimos y qué propósito tiene la vida. Dejó atrás sus malos hábitos porque el respeto hacia la vida debe empezar por uno mismo. Desarrolló las cualidades del espíritu, dejando atrás las obras de la carne, el egoísmo, la inmoralidad, la codicia y la violencia. Empezó a manifestar amor y paz, hizo crecer su fe.
Supo que todo el sistema de cosas actual tiene un gobernante que ciega las mentes de todos los que le sirven y que nadie por muy buena voluntad que tenga o por luchador que sea puede cambiar.
Ese hombre aprendió de los ejemplos de fe de los personajes históricos del libro. Las profecías que contenía y su fiel cumplimiento le dieron la absoluta convicción de que ese libro tenía que guiar todos los pasos que diera en la vida.
Vi un hombre y un libro pero luego vi a más hombres, mujeres y niños con ese libro. Felices, esperanzados, pacíficos, con propósito en la vida. Imparciales, serviciales y altruistas, que no entienden de razas ni de fronteras. Que dedican todo el tiempo que pueden a llevar esa verdad libertadora a su prójimo a pesar de la indiferencia, la apatía o el maltrato. ¿Hay algo más revolucionario que eso?
Gracias a lo que aprendo de ese libro, hoy yo también soy feliz.
La respuesta está en la Biblia, la verdad que nos hace libres.

miércoles, 4 de enero de 2012

Mira mamá, sin manos

Todos de niños intentábamos llamar la atención de una manera o de otra. Clamábamos por ser los protagonistas, que nos aplaudieran las habilidades, las gracias, sentirnos fuertes, codiciábamos sin maldad el papel principal.
Recuerdo haber hinchado relatos en casa para destacar más, ensalzar mis proezas, mis palabras o mis contestaciones para sentirme admirado.
No conozco un solo niño que no se haya apresurado para que todo el mundo viera lo bien que era capaz de hacer una pirueta, de dar toques al balón, de demostrar lo veloz que podía correr o de lo fuerte que podía patear.
Y crecer no diluye esas ganas, esa necesidad de sentirnos admirados. Solo diluye la inocencia que acompañaba esas ansias.
Los niños grandes claman por admiración a todas horas, a cualquier precio, rozando el ridículo. Yo mismo he estado como un loco intentando llamar la atención de los demás. Yo mismo te grité para que me miraras para intentar conquistarte sin saber muy bien cuál de mis discretas habilidades venderte.
Somos tantos los niños grandes que aún gritamos, mira mamá, sin manos.

martes, 3 de enero de 2012

Smells like teen spirit

No importa cuánto tiempo pase. Recordaré siempre el impacto de escuchar aquella canción de Nirvana, la fuerza del grunge de Cobain y cómo me marcó su historia. Vuelvo la vista a mi adolescencia ya pasada, una época de egolatría e inmadurez que ahora examino curioso y a mucha distancia asustado de lo rápido que han pasado esos años en los que habían muchas cosas nuevas que descubrir y muchas normas que desafiar, muchos fuegos en los que quemarse sin pensar demasiado en las heridas que pueden dejar marca después.
Vuelvo a escuchar Smells like teen spirit, volviendo a disfrutar de la fuerza de sus acordes, volviendo a cantar esa letra a la que no encuentro demasiado sentido, pero que fue la primera que me aprendí en inglés.
A denial, a denial, a denial...

lunes, 2 de enero de 2012

El frío del lugar donde nací

Salir de casa para volver a la soledad, a la independencia que adultera o que hace adulto. Dejar el calor de dentro y asentir de una vez por todas, ahora sí, que como en casa en ningún lado. Salir entonces de mi patria, besar a mi madre y aplazar un nuevo beso hasta más ver. Tomar un bus. Pero antes de tomar el bus, adorar el frío del lugar donde nací. Sentir como el viento helado a menos cinco grados entra por tu nariz y llega hasta tus pulmones sintiendo a veces un pequeño dolor en la cabeza como si el aire gélido se hubiera abierto paso hasta el mismo cerebro. Encontrar nada más que belleza dejando atrás el frío del lugar donde nací. La calle que baja a mi casa y ese olor a campo, el sol perezoso de las ocho de la mañana, los coches aparcados con escarcha en los cristales, el humo de los fumadores temblando en los portales, el vaho de la boca de los transeúntes, sus bufandas y sus guantes, sus botas y sus sombreros. El paseo con los árboles desnudos sin vergüenza, los charcos de agua congelados y resquebrajados, los bares de la avenida, los viejos desayunando quintos. Los comercios abriendo puertas y las señoras con sus carros de la compra o los carros de la compra con sus señoras.
Saludar al conductor del bus, siempre malhumorado y que saque las monedas del cambio de los cartuchos de metal, buscar asiento atrás y acomodarte.
Y dejar atrás muy a mi pesar ahora, el frío del lugar donde nací.

domingo, 1 de enero de 2012

Ese y mil besos más

Repetiría una y mil veces más el beso clandestino. Me gustaría besarte las ansias, la frente, los pensamientos y las nostalgias. Volver a dar un trago de cerveza y mirarte a los ojos y volverte a buscar los labios y sentir su suavidad y ese calor adictivo. Besarte en el cuello, en la nuca, en la cara. Besarte en la comisura de tus labios, vivir en el cielo de tu boca, nadar en el mar de tus deseos y llegar hasta la orilla como un náufrago tras el vaivén de sus olas. Besarte con luz y sin luz, en días soleados o en días con lluvia. Ah, bajo la lluvia, adoraría besarte bajo la lluvia. Te besaría en el café más cercano, en un avión con rumbo a ninguna parte, en el París de los enamorados y bajo los amaneceres del barrio. Te besaría y nos mirarían sintiendo envidia de nuestros besos. Porque además te besaría durante todas las estaciones del año, a cualquier hora, laborables y festivos, dijeran lo que dijeran las noticias, saciado o con el estómago vacío, en la cola del súper, en tu casa o en la mía, en el norte o en el sur, aquí o en China.
Se me ocurren tantas formas de repetir ese beso. Quiero repetir ese. Ese y mil besos más.