lunes, 2 de enero de 2012

El frío del lugar donde nací

Salir de casa para volver a la soledad, a la independencia que adultera o que hace adulto. Dejar el calor de dentro y asentir de una vez por todas, ahora sí, que como en casa en ningún lado. Salir entonces de mi patria, besar a mi madre y aplazar un nuevo beso hasta más ver. Tomar un bus. Pero antes de tomar el bus, adorar el frío del lugar donde nací. Sentir como el viento helado a menos cinco grados entra por tu nariz y llega hasta tus pulmones sintiendo a veces un pequeño dolor en la cabeza como si el aire gélido se hubiera abierto paso hasta el mismo cerebro. Encontrar nada más que belleza dejando atrás el frío del lugar donde nací. La calle que baja a mi casa y ese olor a campo, el sol perezoso de las ocho de la mañana, los coches aparcados con escarcha en los cristales, el humo de los fumadores temblando en los portales, el vaho de la boca de los transeúntes, sus bufandas y sus guantes, sus botas y sus sombreros. El paseo con los árboles desnudos sin vergüenza, los charcos de agua congelados y resquebrajados, los bares de la avenida, los viejos desayunando quintos. Los comercios abriendo puertas y las señoras con sus carros de la compra o los carros de la compra con sus señoras.
Saludar al conductor del bus, siempre malhumorado y que saque las monedas del cambio de los cartuchos de metal, buscar asiento atrás y acomodarte.
Y dejar atrás muy a mi pesar ahora, el frío del lugar donde nací.

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