Vi un hombre y un libro. Después de haberlo leído y de seguir su guía, ese hombre fue libre. La verdad del libro lo hizo libre. Descubrió de dónde venimos, porqué sufrimos y morimos y qué propósito tiene la vida. Dejó atrás sus malos hábitos porque el respeto hacia la vida debe empezar por uno mismo. Desarrolló las cualidades del espíritu, dejando atrás las obras de la carne, el egoísmo, la inmoralidad, la codicia y la violencia. Empezó a manifestar amor y paz, hizo crecer su fe.
Supo que todo el sistema de cosas actual tiene un gobernante que ciega las mentes de todos los que le sirven y que nadie por muy buena voluntad que tenga o por luchador que sea puede cambiar.
Ese hombre aprendió de los ejemplos de fe de los personajes históricos del libro. Las profecías que contenía y su fiel cumplimiento le dieron la absoluta convicción de que ese libro tenía que guiar todos los pasos que diera en la vida.
Vi un hombre y un libro pero luego vi a más hombres, mujeres y niños con ese libro. Felices, esperanzados, pacíficos, con propósito en la vida. Imparciales, serviciales y altruistas, que no entienden de razas ni de fronteras. Que dedican todo el tiempo que pueden a llevar esa verdad libertadora a su prójimo a pesar de la indiferencia, la apatía o el maltrato. ¿Hay algo más revolucionario que eso?
Gracias a lo que aprendo de ese libro, hoy yo también soy feliz.
La respuesta está en la Biblia, la verdad que nos hace libres.
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