lunes, 16 de enero de 2012

Ir a los bares

Confieso que soy muy extraño o no.
Tengo la costumbre de ir a los bares solo. No lo hago como asesino rencoroso de tristezas, ni como alcoholizador de melancolías, con las que haya que ajustar las cuentas. Voy sin ánimo de luto, sin ánimo de sembrar lastre desde hace ya por lo menos un lustro.
Es una costumbre rara como dije, no confesa.
Voy a los bares y observo, escucho, me inspiro, disfruto lentamente de las horas muertas y aprendo a lidiar con mis propias angustias. Como a dos amantes que condenados a muerte se les haya concedido el deseo de poseerse por última vez. Así lento, saboreando como si no tuviera que acabar nunca esa dosis de estudio de la vida.
Antes iba a los bares sin esa intención, debo confesarlo. Me sentía oscuramente solo y me gustaba atontar a la soledad a base de bourbon con hielo. En vista de que la malnacida (o bienvenida según se mire) resistía mis intentos de cargármela, cambié los Jack Daniel's por ginebra. Aunque mucho más de moda, esa forma de ataques etílicos tampoco acabaron con ella.
De hecho, ir a los bares no la ha vencido. Ni ese problema ni ningún otro.
Sanado ya, los bares son un escenario circunstancial al que suelo volver para saber qué dice la calle, para medir la sociedad como quien pone las noticias.
Hoy utilizando esos tiempos de espera he vuelto a caer en la espiral del turismo de bares. Y aquí me encuentro escribiendo en uno del barrio del Borne. No miento si afirmo que es el mejor de todos y no por su oferta o servicio. La razón es que estoy asomado a través de un enorme ventanal, a la vida de la pequeña rambla que va hacia el mercado.
Por primera vez desde que voy a los bares a mirar a la gente, estoy siendo mucho más observado yo que ellos. Los transeúntes pasan y miran curiosos sin disimulo alguno. Me observan mientras escribo. Algunos pasan dos veces. Algunas pasan dos veces. Evito las miradas de las segundas porque buscan demasiado la mía. Pero yo ya estoy en compañía de soledad y solo quiero... jazz.

En memoria de mi adolescencia y de aquellos días en los que mi vida no seguía un rumbo claro.

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