Todos de niños intentábamos llamar la atención de una manera o de otra. Clamábamos por ser los protagonistas, que nos aplaudieran las habilidades, las gracias, sentirnos fuertes, codiciábamos sin maldad el papel principal.
Recuerdo haber hinchado relatos en casa para destacar más, ensalzar mis proezas, mis palabras o mis contestaciones para sentirme admirado.
No conozco un solo niño que no se haya apresurado para que todo el mundo viera lo bien que era capaz de hacer una pirueta, de dar toques al balón, de demostrar lo veloz que podía correr o de lo fuerte que podía patear.
Y crecer no diluye esas ganas, esa necesidad de sentirnos admirados. Solo diluye la inocencia que acompañaba esas ansias.
Los niños grandes claman por admiración a todas horas, a cualquier precio, rozando el ridículo. Yo mismo he estado como un loco intentando llamar la atención de los demás. Yo mismo te grité para que me miraras para intentar conquistarte sin saber muy bien cuál de mis discretas habilidades venderte.
Somos tantos los niños grandes que aún gritamos, mira mamá, sin manos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario