domingo, 25 de diciembre de 2011

El de los ronquidos y demás especímenes

Merendando esta tarde en la cocina, charlé un poco con otro de los especímenes que habita este nicho en el barrio de Bellvitge. Un cementerio de muertos vivientes con cierto encanto a mí que siempre me gustó lo poético del desastre.
Es un tipo peculiar. Tiene unos cincuenta años mal llevados, unas marcadas ojeras y una barba canosa arreglada semanalmente a golpe de tijeretazo. La única etiqueta que le puse era la del tipo de los ronquidos. La serenata iba cambiando de programa por noches. Noches de ronquido continuo, de ronquido interrumpido, noches de espasmos de ronquido que llegaban a traspasar los auriculares protectores de mi mp3 y el sonido espiritual de Sigur Ros, sobresaltándome.
Gallego, de Santiago de Compostela, mezcla con maestría un habla culta y enrevesada, circula en una montaña rusa de vocabulario del castellano antiguo y lo intercala con exabruptos extremadamente vulgares. "Ánimo" me dice siempre a modo de saludo, llama a la arrendadora del piso "mi querida manceba", y dice que tiene una amiga con la que queda para roncar juntos los fines de semana. Como los dos roncan muy fuerte, quien consigue roncar antes ronca más y mejor.
Tanto él como la arrendadora, la típica mujer española de mediana edad y profundamente de barrio suelen fumar juntos y charlar en el salón. Ella apesta a vida disoluta, a ignorancia y dejadez. El humo, su humo, suele colarse por debajo de la puerta y me distrae mientras estoy leyendo en mi habitación, cuando me siento agorafóbico perdido y una habitación de 10 metros cuadrados me basta para esconderme del mundo.
El barrio es obrero, humilde, un barrio de mala muerte porque no estamos concebidos para vivir en ratoneras. Pero ahora me parece incluso acogedor, pues la peligrosidad ya no me pita en los oídos cuando sé que si me roban lo más probable es que me lleve un navajazo y ya. No por resistir a quedarme sin dinero, sin tarjetas, sin móvil o demás, sino por la desesperación del asaltante al ver que no tengo ni bono de metro encima. El dibujo social de la zona se definiría como multiracial, porque multicultural no me parece. La globalización nos ha unido a todos bajo la misma cultura, es decir, bajo ninguna.
Y ahí, de lunes a sábado, en ese barrio de Bellvitge voy a trabajar, a más de cien metros del suelo pero con los pies en la tierra. Cada mañana montando las mesas observo la ciudad de Barcelona entera, y por la noche redobla su encanto el restaurante y sobretodo cuando llueve. Cuando el cielo está cubierto las lágrimas de lluvia que resbalan por la cúpula de cristal me emocionan.
Vuelvo a vivir en Barcelona con el de los ronquidos y demás especímenes.

Noviembre 2011. Inicios.

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