sábado, 24 de diciembre de 2011

Insomnios y zombis

No recuerdo que recientemente haya dormido tan poco y mal. Algunas veces mi azotea hiperactiva no quiere apagarse. Y así me encuentro con mi cuerpo como un extraño que quiere dormir atado a una mente incapaz, que parece no querer ni poder desconectar.
A las doce y hasta la una estuve dando vueltas sin parar y percibía el frío que entraba por la ventana pues no cierra herméticamente. Pendiente también de los ruidos en la casa que no cesaron hasta bien tarde. A las dos de la mañana pensaba en el restaurante, me recorrí todos los platos de la carta con sus respectivas guarniciones, pensaba en los compañeros, en lo que estaba aprendiendo, en todo.
A las tres empecé a hacer un tour mental por todos los vinos de España, empezando por las once denominaciones de origen de Catalunya, pensando en las variedades que están trabajando en Costers del Segre, en las regiones del cava, y luego en el Tempranillo, la Garnacha, Mazuelo, Graciano, Viura y Malvasía de la Rioja. Pasé por Francia, Alemania, California, Suráfrica, Chile y hasta Nueva Zelanda. Así hasta las cuatro sumándole más pensamientos de cuyo nombre no quiero acordarme.
También medité mucho en los cambios que estoy haciendo en mi vida. Cómo me sorprendo a mí mismo transformando poco a poco mi actitud y mi espíritu gracias al poder de Dios y de su Palabra escrita en la Biblia. Me encuentro lleno de sentido y esperanza y los males endémicos de esta sociedad me saben incluso dulces consciente de que el fin del sistema presente está muy cerca, y que nuestra liberación asoma.
Quizá ese conocimiento haya aliviado un poco el sufrimiento de estar rodeado de zombis durante más paradas de las que hubiera deseado en el metro.
Jóvenes zombis, algunos medio inconscientes, intentando con poco éxito domar la borrachera. Otro haciendo el ridículo, alardeando de su estilo de vida disoluto. Chicas que solo contando su noche habían asesinado de por vida su dignidad. Jóvenes suicidas autodestructivos y egoístas muriendo poco a poco y de los que solo queda un cuerpo que consume oxígeno. Sin moralidad, sin empatía, sin valores, sin respeto.
Empecé a sentir vergüenza porque salvando las distancias yo podía pasar por uno de ellos no hace mucho tiempo pero me tranquilizó sentirme como un marciano de repente dentro de aquel vagón.
Bajé asqueado, sintiendo lástima por todos ellos y la boca me sabía a alegría contenida por no parecerme ya a ninguno.
A las seis de la mañana, cada vez que el reloj lo indica y me encuentra despierto, suena en mi cabeza la canción de Sabina, "son casi las seis como cada mañana y la cabeza me da vueltas de campana/la vida huele a serrín y a sueldo de camarero/ y las demás blasfemias me las dejo en el tintero".
Estoy volviendo a casa y me estoy dando cuenta de que me salgo de los márgenes de la libreta, quizá aquejado por el efecto de insomnios y zombis.

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