Esta madrugada al irme a dormir pasó mi infancia a darme las buenas noches, cercana como pocas veces, inesperadamente. Se presentó cuando retiré el edredón y el tacto reveló las sábanas frías de invierno. Rápidamente mis recuerdos asociaron ese frío con el mismo que atacaba las sábanas floreadas de mi infancia en casa de mis abuelos. Puedo recordar el colchón blando y el invento de mi abuela que para paliar ese frío pasaba un secador durante unos minutos para que me metiera corriendo en la cama calentito, no sin antes meterme la camiseta de invierno por dentro del pantalón para proteger los riñones de los destapes inconscientes que nos cogen imprevistos durante nuestro viaje por los sueños.
Al levantarme de las largas siestas, la tele era un hilo musical al que nadie prestaba atención y que ahora recuerdo como melodía celestial.
Mi memoria olfativa es capaz de reproducir los olores de la merienda del té con galletas, o del pan de payés con tomate y aceite de oliva, del queso manchego y del jamón serrano, de la leche caliente con cacao, de la nata que apartaba con la cuchara con remilgos.
Aquel canto de canarios, la música de los Panchos, mi abuelo despotricando contra las injusticias sociales y políticas sentado en aquel sillón. Los Reader Digest que leía apilados por meses en el armario, los olores de infancia, en fin...
Cuántas cosas me han sobresaltado dulcemente esas frías sábanas en las que dentro de unos minutos me envolveré rendido de cansancio.
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