jueves, 22 de diciembre de 2011

Los días insignificantes

Yo no creo que mi vida sea muy interesante, lo que hace difícil muchas veces tener algo que escribir cada día. Admito sin embargo que mi rutina esconde instantes que agradezco que mi sensibilidad los transforme en poéticos. Esta mañana me pareció bonito enseñarle mi habitación al pequeño de Jorge. Con sus dos añitos y su pelo rizado, terriblemente encrespado como si fueran rastas divertidas, me pedía con la inocencia de los niños un vasito de agua. Me emocionó cómo me llamaba "el amigo de papá" y su mirada de curiosidad, estudiando todo lo que hacía. Me emocionó más que al irme me pidiera que le diera un beso y un abrazo. Solo por eso, el día de hoy ha sido un regalo.
Comí madalenas de chocolate antes de entrar a trabajar, y entré media hora antes, con mucho tiempo. Vendí el vino que quería vender y logré emocionar como quería emocionar, con esa vida que habita en las botellas. Una para cada persona y estado de ánimo.
Oí a Javier quejarse de las notas en matemáticas de su hija. Yo me sentiría orgulloso porque sabría que lleva mis genes y compensaría su falta de lógica en el cálculo con libros de poetas de los que le contaría que son héroes.
En la boca del metro de Poblenou un hombre repetía sin desfallecer la misma cantinela "un euro, cuatro mecheros, cuatro mecheros un euro", incansable, una y otra vez. Al girar la esquina del semáforo su voz se iba diluyendo y el cántico mercantil sonaba más alegre que cansino a mis espaldas.
Hoy anocheció rosáceo y al volver sentí un poco de frío.
Yo no creo que mi vida sea muy interesante. Pero es mi vida, y hay días insignificantes que dan significado a mi vida.

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