Estos días pensando, recordaba más el último día que te vi que el día en que te fuiste de repente. Son ya diez años sin ti. El día en el que murió mi infancia y se desencadenó una adolescencia explosiva, inmadura e irreflexiva como casi todas. Probablemente no te hubiera enorgullecido cómo he vivido estos años hasta convertirme en un adulto, pero quién sabe si no hubieran sido diferentes si me hubieras acompañado unos cuantos años más. Te he necesitado tantas veces durante estos días años. Tantos miles de días no borran el dolor ni evitan que mis ojos se llenen de lágrimas al recordarte y al sentir que me sigues haciendo mucha falta.
Estos diez años coinciden con un cambio grande en mi manera de vivir la vida que se me ha dado. Voy a seguir creciendo para que dentro de otros diez pueda decirte que sí, que si me vieras te sentirías orgulloso de mí. Voy a seguir limpiando lo que he manchado durante estos diez años sin ti para alcanzar una meta, la de volverte a ver a sabiendas de que cada día estás más cerca.
domingo, 22 de enero de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
Ir a los bares
Confieso que soy muy extraño o no.
Tengo la costumbre de ir a los bares solo. No lo hago como asesino rencoroso de tristezas, ni como alcoholizador de melancolías, con las que haya que ajustar las cuentas. Voy sin ánimo de luto, sin ánimo de sembrar lastre desde hace ya por lo menos un lustro.
Es una costumbre rara como dije, no confesa.
Voy a los bares y observo, escucho, me inspiro, disfruto lentamente de las horas muertas y aprendo a lidiar con mis propias angustias. Como a dos amantes que condenados a muerte se les haya concedido el deseo de poseerse por última vez. Así lento, saboreando como si no tuviera que acabar nunca esa dosis de estudio de la vida.
Antes iba a los bares sin esa intención, debo confesarlo. Me sentía oscuramente solo y me gustaba atontar a la soledad a base de bourbon con hielo. En vista de que la malnacida (o bienvenida según se mire) resistía mis intentos de cargármela, cambié los Jack Daniel's por ginebra. Aunque mucho más de moda, esa forma de ataques etílicos tampoco acabaron con ella.
De hecho, ir a los bares no la ha vencido. Ni ese problema ni ningún otro.
Sanado ya, los bares son un escenario circunstancial al que suelo volver para saber qué dice la calle, para medir la sociedad como quien pone las noticias.
Hoy utilizando esos tiempos de espera he vuelto a caer en la espiral del turismo de bares. Y aquí me encuentro escribiendo en uno del barrio del Borne. No miento si afirmo que es el mejor de todos y no por su oferta o servicio. La razón es que estoy asomado a través de un enorme ventanal, a la vida de la pequeña rambla que va hacia el mercado.
Por primera vez desde que voy a los bares a mirar a la gente, estoy siendo mucho más observado yo que ellos. Los transeúntes pasan y miran curiosos sin disimulo alguno. Me observan mientras escribo. Algunos pasan dos veces. Algunas pasan dos veces. Evito las miradas de las segundas porque buscan demasiado la mía. Pero yo ya estoy en compañía de soledad y solo quiero... jazz.
En memoria de mi adolescencia y de aquellos días en los que mi vida no seguía un rumbo claro.
Tengo la costumbre de ir a los bares solo. No lo hago como asesino rencoroso de tristezas, ni como alcoholizador de melancolías, con las que haya que ajustar las cuentas. Voy sin ánimo de luto, sin ánimo de sembrar lastre desde hace ya por lo menos un lustro.
Es una costumbre rara como dije, no confesa.
Voy a los bares y observo, escucho, me inspiro, disfruto lentamente de las horas muertas y aprendo a lidiar con mis propias angustias. Como a dos amantes que condenados a muerte se les haya concedido el deseo de poseerse por última vez. Así lento, saboreando como si no tuviera que acabar nunca esa dosis de estudio de la vida.
Antes iba a los bares sin esa intención, debo confesarlo. Me sentía oscuramente solo y me gustaba atontar a la soledad a base de bourbon con hielo. En vista de que la malnacida (o bienvenida según se mire) resistía mis intentos de cargármela, cambié los Jack Daniel's por ginebra. Aunque mucho más de moda, esa forma de ataques etílicos tampoco acabaron con ella.
De hecho, ir a los bares no la ha vencido. Ni ese problema ni ningún otro.
Sanado ya, los bares son un escenario circunstancial al que suelo volver para saber qué dice la calle, para medir la sociedad como quien pone las noticias.
Hoy utilizando esos tiempos de espera he vuelto a caer en la espiral del turismo de bares. Y aquí me encuentro escribiendo en uno del barrio del Borne. No miento si afirmo que es el mejor de todos y no por su oferta o servicio. La razón es que estoy asomado a través de un enorme ventanal, a la vida de la pequeña rambla que va hacia el mercado.
Por primera vez desde que voy a los bares a mirar a la gente, estoy siendo mucho más observado yo que ellos. Los transeúntes pasan y miran curiosos sin disimulo alguno. Me observan mientras escribo. Algunos pasan dos veces. Algunas pasan dos veces. Evito las miradas de las segundas porque buscan demasiado la mía. Pero yo ya estoy en compañía de soledad y solo quiero... jazz.
En memoria de mi adolescencia y de aquellos días en los que mi vida no seguía un rumbo claro.
domingo, 15 de enero de 2012
Secuestro express
Los secuestradores entraron y le pegaron una paliza tremenda al padre, dejándolo inconsciente. Al despertar, magullado, dolorido y ensangrentado enloqueció a pesar de las lesiones al ver que se habían llevado a su hijo. Había un mensaje en el salón. Si en dos horas no ingresaba cien mil euros en la cuenta que dejaron escrita, lo matarían.
Desesperado a sabiendas de que era imposible juntar esa cantidad en tan poco tiempo empezó a dar vueltas por todo el piso mientras se desesperaba y sollozaba angustiado.
Sonó el timbre. Volvió a sonar dos veces más hasta que el padre salió de su shock y por fin abrió la puerta. Era el vecino.
Al ver las evidentes marcas se preocupó y lo primero qué hizo fue preguntar qué había sucedido. Lo cierto es que no habían tenido hasta entonces demasiado trato. Sabía que ese hombre vivía en su bloque pero apenas habían intercambiado un cordial saludo al cruzarse en el portal.
Rápidamente y consciente de la urgencia de la situación el vecino le dio la solución.
Junto con el número de cuenta había un número, así que sin preguntar llamó. El padre del chico secuestrado miraba desorientado, sin saber qué es lo que iba a decir, qué se le podía haber ocurrido a aquel hombre.
Estupefacto escuchó la proposición que hizo a los secuestradores. Dado que era imposible juntar tal cantidad de dinero, ofrecía un cambio. El vecino daría a su hijo como rehén.
Sin opción a que reaccionara en apenas una hora el hijo fue devuelto y sin dudar el vecino dio a cambio al suyo.
Las negociaciones prosiguieron, pero todo se torció.
Horas después, tras una espera agonizante recibieron una breve llamada: habían asesinado al hijo del vecino.
Sin embargo, al enterarse de esto, lejos de sentirse culpable, el padre al que ayudó el vecino dando su hijo a cambio, prosiguió con su vida y apenas llegó a darle el pésame.
Con el tiempo el vecino se quedó solo, sin la compañía de su hijo al que asesinaron sin culpa alguna, y así, necesitado veía como el hombre al que había ayudado sin miramientos vivía indiferente, como si nada hubiera sucedido.
Desesperado a sabiendas de que era imposible juntar esa cantidad en tan poco tiempo empezó a dar vueltas por todo el piso mientras se desesperaba y sollozaba angustiado.
Sonó el timbre. Volvió a sonar dos veces más hasta que el padre salió de su shock y por fin abrió la puerta. Era el vecino.
Al ver las evidentes marcas se preocupó y lo primero qué hizo fue preguntar qué había sucedido. Lo cierto es que no habían tenido hasta entonces demasiado trato. Sabía que ese hombre vivía en su bloque pero apenas habían intercambiado un cordial saludo al cruzarse en el portal.
Rápidamente y consciente de la urgencia de la situación el vecino le dio la solución.
Junto con el número de cuenta había un número, así que sin preguntar llamó. El padre del chico secuestrado miraba desorientado, sin saber qué es lo que iba a decir, qué se le podía haber ocurrido a aquel hombre.
Estupefacto escuchó la proposición que hizo a los secuestradores. Dado que era imposible juntar tal cantidad de dinero, ofrecía un cambio. El vecino daría a su hijo como rehén.
Sin opción a que reaccionara en apenas una hora el hijo fue devuelto y sin dudar el vecino dio a cambio al suyo.
Las negociaciones prosiguieron, pero todo se torció.
Horas después, tras una espera agonizante recibieron una breve llamada: habían asesinado al hijo del vecino.
Sin embargo, al enterarse de esto, lejos de sentirse culpable, el padre al que ayudó el vecino dando su hijo a cambio, prosiguió con su vida y apenas llegó a darle el pésame.
Con el tiempo el vecino se quedó solo, sin la compañía de su hijo al que asesinaron sin culpa alguna, y así, necesitado veía como el hombre al que había ayudado sin miramientos vivía indiferente, como si nada hubiera sucedido.
martes, 10 de enero de 2012
El parc de la boixadera
Mai no havia escrit un text en català. Els meus records i la llengua materna parlen un altre idioma, però els meus records d'infantesa conviuen amb l'idioma que parlen els homes de la terra on vaig néixer.
Recordo amb molta estima el parc de la boixadera perquè va ser l'escenari de la meva fantasia, la catifa on jugava i passava matins i tardes, on l'amistat era pura i girava mai millor dit en una pilota i alts boixos que feien sense queixarse de porteries.
Ens imaginàvem un futur com a gran jugadors de futbol i posàvem les mateixes ganes que si ens observessin milers de persones a un estadi, tot i que he de reconéixer que ens entristia una mica que gairebé ningú admirés una bona jugada, un bon gol o una gran parada.
Recordo tanmateix i amb un somriure de nostalgia, el meu avi jugant amb nosaltres i parant-se xuts amb el colze, animant-me i motivant-me seguint el joc dels somnis de nen que allotjava el meu cap amb cura de no trencar-los per fantasiosos que fossin. Posava ordre quan era necessari i m'enorgullia que els meus amics l'admiressin.
Tornava a casa amb les genolleres plenes d'herba i fang i com un advocat, el meu avi m'exculpava davant del fiscal, la mare, emprenyada perquè patia la condemna de rentar els xandalls bruts.
Ara quan passo pel parc, un aire d'abandonament em bufa la cara, com si em culpabilitzés de no tornar en anys després de despullar-me dels anys on jugar era de per si un fi. Quins records...
Recordo amb molta estima el parc de la boixadera perquè va ser l'escenari de la meva fantasia, la catifa on jugava i passava matins i tardes, on l'amistat era pura i girava mai millor dit en una pilota i alts boixos que feien sense queixarse de porteries.
Ens imaginàvem un futur com a gran jugadors de futbol i posàvem les mateixes ganes que si ens observessin milers de persones a un estadi, tot i que he de reconéixer que ens entristia una mica que gairebé ningú admirés una bona jugada, un bon gol o una gran parada.
Recordo tanmateix i amb un somriure de nostalgia, el meu avi jugant amb nosaltres i parant-se xuts amb el colze, animant-me i motivant-me seguint el joc dels somnis de nen que allotjava el meu cap amb cura de no trencar-los per fantasiosos que fossin. Posava ordre quan era necessari i m'enorgullia que els meus amics l'admiressin.
Tornava a casa amb les genolleres plenes d'herba i fang i com un advocat, el meu avi m'exculpava davant del fiscal, la mare, emprenyada perquè patia la condemna de rentar els xandalls bruts.
Ara quan passo pel parc, un aire d'abandonament em bufa la cara, com si em culpabilitzés de no tornar en anys després de despullar-me dels anys on jugar era de per si un fi. Quins records...
lunes, 9 de enero de 2012
La serenidad de la muerte
Me separé de los abrazos de consuelo y de las palabras de ánimo de quienes nos acompañaban en ese día triste.
El sol tenue de la mañana me molestaba en los ojos. Aún así aguardé todo el proceso tranquilo de pie, sin apartar la vista.
Cómo subieron el ataúd y lo hicieron rodar hasta el fondo del nicho. Luego lo vistieron de todos los ramos de flores y coronas que entraron. Así me quedé impasible, desde el primer ladrillo que colocaron para cerrarlo, hasta el último.
La serenidad de la muerte aún me asombra. Pero había sido capaz de convertir a mi ser querido ya en recuerdo y el cuerpo que quedaba encerrado no era el de mi abuela, al menos yo no lo sentía así. Había desarrollado una distancia emocional salvadora que apartaba el dolor intenso y lo filtraba, lo tranquilizaba.
Ella seguía viviendo en mi memoria, pero sobretodo en la memoria de aquel que tiene el poder de hacerla vivir de nuevo y seguramente ahí reside mi paz y esperanza.
El dolor de la pérdida de mis abuelos maternos y de mi abuela paterna, el dolor de perder a Dani, vivir el fallecimiento del padre de mi mejor amigo, el de Eleazar, y de otras pérdidas que sientes ahora es suave, soportable.
Porque viven y siguen presentes, no tanto como quisiéramos, pero inmortales en el recuerdo. Esa esperanza que tenemos, la serenidad de la muerte.
El sol tenue de la mañana me molestaba en los ojos. Aún así aguardé todo el proceso tranquilo de pie, sin apartar la vista.
Cómo subieron el ataúd y lo hicieron rodar hasta el fondo del nicho. Luego lo vistieron de todos los ramos de flores y coronas que entraron. Así me quedé impasible, desde el primer ladrillo que colocaron para cerrarlo, hasta el último.
La serenidad de la muerte aún me asombra. Pero había sido capaz de convertir a mi ser querido ya en recuerdo y el cuerpo que quedaba encerrado no era el de mi abuela, al menos yo no lo sentía así. Había desarrollado una distancia emocional salvadora que apartaba el dolor intenso y lo filtraba, lo tranquilizaba.
Ella seguía viviendo en mi memoria, pero sobretodo en la memoria de aquel que tiene el poder de hacerla vivir de nuevo y seguramente ahí reside mi paz y esperanza.
El dolor de la pérdida de mis abuelos maternos y de mi abuela paterna, el dolor de perder a Dani, vivir el fallecimiento del padre de mi mejor amigo, el de Eleazar, y de otras pérdidas que sientes ahora es suave, soportable.
Porque viven y siguen presentes, no tanto como quisiéramos, pero inmortales en el recuerdo. Esa esperanza que tenemos, la serenidad de la muerte.
jueves, 5 de enero de 2012
Un hombre y un libro
Vi un hombre y un libro. Después de haberlo leído y de seguir su guía, ese hombre fue libre. La verdad del libro lo hizo libre. Descubrió de dónde venimos, porqué sufrimos y morimos y qué propósito tiene la vida. Dejó atrás sus malos hábitos porque el respeto hacia la vida debe empezar por uno mismo. Desarrolló las cualidades del espíritu, dejando atrás las obras de la carne, el egoísmo, la inmoralidad, la codicia y la violencia. Empezó a manifestar amor y paz, hizo crecer su fe.
Supo que todo el sistema de cosas actual tiene un gobernante que ciega las mentes de todos los que le sirven y que nadie por muy buena voluntad que tenga o por luchador que sea puede cambiar.
Ese hombre aprendió de los ejemplos de fe de los personajes históricos del libro. Las profecías que contenía y su fiel cumplimiento le dieron la absoluta convicción de que ese libro tenía que guiar todos los pasos que diera en la vida.
Vi un hombre y un libro pero luego vi a más hombres, mujeres y niños con ese libro. Felices, esperanzados, pacíficos, con propósito en la vida. Imparciales, serviciales y altruistas, que no entienden de razas ni de fronteras. Que dedican todo el tiempo que pueden a llevar esa verdad libertadora a su prójimo a pesar de la indiferencia, la apatía o el maltrato. ¿Hay algo más revolucionario que eso?
Gracias a lo que aprendo de ese libro, hoy yo también soy feliz.
La respuesta está en la Biblia, la verdad que nos hace libres.
Supo que todo el sistema de cosas actual tiene un gobernante que ciega las mentes de todos los que le sirven y que nadie por muy buena voluntad que tenga o por luchador que sea puede cambiar.
Ese hombre aprendió de los ejemplos de fe de los personajes históricos del libro. Las profecías que contenía y su fiel cumplimiento le dieron la absoluta convicción de que ese libro tenía que guiar todos los pasos que diera en la vida.
Vi un hombre y un libro pero luego vi a más hombres, mujeres y niños con ese libro. Felices, esperanzados, pacíficos, con propósito en la vida. Imparciales, serviciales y altruistas, que no entienden de razas ni de fronteras. Que dedican todo el tiempo que pueden a llevar esa verdad libertadora a su prójimo a pesar de la indiferencia, la apatía o el maltrato. ¿Hay algo más revolucionario que eso?
Gracias a lo que aprendo de ese libro, hoy yo también soy feliz.
La respuesta está en la Biblia, la verdad que nos hace libres.
miércoles, 4 de enero de 2012
Mira mamá, sin manos
Todos de niños intentábamos llamar la atención de una manera o de otra. Clamábamos por ser los protagonistas, que nos aplaudieran las habilidades, las gracias, sentirnos fuertes, codiciábamos sin maldad el papel principal.
Recuerdo haber hinchado relatos en casa para destacar más, ensalzar mis proezas, mis palabras o mis contestaciones para sentirme admirado.
No conozco un solo niño que no se haya apresurado para que todo el mundo viera lo bien que era capaz de hacer una pirueta, de dar toques al balón, de demostrar lo veloz que podía correr o de lo fuerte que podía patear.
Y crecer no diluye esas ganas, esa necesidad de sentirnos admirados. Solo diluye la inocencia que acompañaba esas ansias.
Los niños grandes claman por admiración a todas horas, a cualquier precio, rozando el ridículo. Yo mismo he estado como un loco intentando llamar la atención de los demás. Yo mismo te grité para que me miraras para intentar conquistarte sin saber muy bien cuál de mis discretas habilidades venderte.
Somos tantos los niños grandes que aún gritamos, mira mamá, sin manos.
Recuerdo haber hinchado relatos en casa para destacar más, ensalzar mis proezas, mis palabras o mis contestaciones para sentirme admirado.
No conozco un solo niño que no se haya apresurado para que todo el mundo viera lo bien que era capaz de hacer una pirueta, de dar toques al balón, de demostrar lo veloz que podía correr o de lo fuerte que podía patear.
Y crecer no diluye esas ganas, esa necesidad de sentirnos admirados. Solo diluye la inocencia que acompañaba esas ansias.
Los niños grandes claman por admiración a todas horas, a cualquier precio, rozando el ridículo. Yo mismo he estado como un loco intentando llamar la atención de los demás. Yo mismo te grité para que me miraras para intentar conquistarte sin saber muy bien cuál de mis discretas habilidades venderte.
Somos tantos los niños grandes que aún gritamos, mira mamá, sin manos.
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