viernes, 7 de septiembre de 2012

Un oasis en el desierto

Apareció como un oasis. En medio del desierto de la ridiculez, la desvergüenza y el hastío. Acostumbrados a los soniquetes cansinos y aborrecibles de musicuchos roñosos, de cantinelas ridículas vendiendo miseria, de miradas perdidas en la adicción y la muerte en vida. Acostumbrados a todo eso, su melodía vino de otro mundo. Estoy seguro de que así lo sintieron también los dos vagones del metro a diestra y siniestra. Su manejo del violín era sensibilidad llevada al extremo. Aquel chico flaco, con su camisa blanca y sus zapatillas azules apareció como ese oasis. Jamás vi algo semejante. La gente o los zombis disfrazados de humanos que viajamos en metro reaccionamos. Teníamos ante nosotros un sonido, una emoción desconocida. Desde la corta lejanía de los vagones aledaños, algunos buscaban ese sonido, incrédulos. ¿Quién ha resucitado a Vivaldi? El chico del violín tocaba con una sensibilidad contagiosa. Un hombre de mediana edad derramaba lágrimas emocionado. Yo tuve los pelos como escarpias desde el primer segundo y sostengo el recuerdo hasta este mismo momento. Sin el afán de ganarse más monedas que nadie, el joven tocaba sus piezas enteras. Parecía no importarle lo más mínimo que muchas personas que lo habían escuchado se bajaran. Jamás había visto nada, nadie igual. Algunos sentían el compromiso de aportar algunas monedas aunque su trayecto ya finalizara y él no hubiera terminado. Venían desde otros vagones a agradecérselo fríamente, como solo un pago con dinero puede serlo. No obstante, no dejaba de ser significativo. Mucha gente le daba algo suelto, y él apenas respondía, absorto en su pieza, como si el resto le importara más bien poco. Apareció como un oasis. Sería capaz de hacer florecer el desierto.