jueves, 10 de mayo de 2012
Los tiempos muertos
Lo tenía completamente olvidado, de hecho apenas pude sentir nostalgia por haberlos perdido, precisamente por haberlos perdido. Tenía olvidados los tiempo muertos. Esos minutos en los que me da por pensar, en los que necesito expresarme de nuevo para sentir que la única capacidad creativa que poseo sigue viva.
Nuestros días están pensados para que no pensemos. Pobres de nosotros si lo hiciéramos más. La infelicidad es una plaga que contagia a todo hijo de vecino y eso que apenas disponemos de tiempo para pararnos a pensar. No quiero imaginarme pues, una vida sin televisión, sin fútbol, sin publicidad y sin ídolos de sangre fresca a los que imitar, sin drogas de venta en farmacias, sin alcohol... El drama de la crisis es además, que quienes pierden su empleo disponen de tiempo. Sin tener más de tu media vida ocupada en hacer lo que la obligación dicta ¿qué más nos queda?
Vivimos para nosotros mismos. El mundo se mueve por dinero. El dinero acaba con la libertad de cualquiera y ese es el principio y el fin del bucle establecido por este sistema. Lo malo no es no disponer de tiempo. Lo realmente aterrador es que si dispusiéramos libremente de él, no sabríamos cómo emplearlo.
Sartre defendía que el hombre no es más que su propio proyecto. Mas, ¿cuáles son nuestros proyectos? Más allá de la filosofía de Sartre, si un hombre no sabe ni por dónde empezar a edificar su propio proyecto y no sabe a dónde se dirige ni por qué, ¿qué es el hombre?
Admito que echo de menos los tiempos muertos. Me siento feliz por haber emprendido una lucha con el fin de que mi propio proyecto sí sea edificante, mirando más allá de mi ombligo. No me siento capaz de dirigir mi propio camino. Después de mucho sufrimiento he llegado a la misma conclusión a la que llegó en la antigüedad el profeta Jeremías al admitir: "Bien sé yo, oh Jehová, que al hombre terrestre no le pertenece su camino. No pertenece al hombre que está andando siquiera dirigir su paso".
El tiempo, admitiendo que no nos pertenece y conscientes de su fugacidad y caducidad, debería emplearse con mucho conocimiento y reflexión. Sigo apartando mis propios deseos en una terrible y dura lucha interior contra mis malos pensamientos y mi egoísmo, para edificarme y sentirme libre, al margen del tic tac del tiempo y el ruido ensordecedor del ambiente. Libre de mi propio yo, del materialismo, de la inmoralidad, de las drogas y la esclavitud a los malos vicios. Libre de la desorientación permanente, de no saber a dónde dirigirme ni el por qué de mis acciones.
Esa libertad que voy ganando me permite mirar a este mundo agonizante sin hacerme daño. Consciente de que los días atroces que vivimos forman parte del cumplimiento de una promesa inmutable que pondrá fin a todos los gobiernos y al ser humano dominado por la maldad que controla, dirige y somete.
Esa libertad que aprecio e intento comunicar a otras personas para que ellas también puedan ser libres gracias a Dios y al conocimiento de su Palabra.
Ya no me matan los tiempos muertos.
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